La tragedia del Valbanera

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El Valbanera, vapor de bandera española, naufragó por los embates de un ciclón tropical en el Estrecho de La Florida. En el desastre perecieron 488 personas entre tripulantes y pasajeros, en su mayoría canarios que emigraban a La Habana. Sus cadáveres nunca fueron encontrados.

El Valbanera era un típico barco de pasaje como cualquier otro que acostumbraba a hacer la ruta de la península a América, pero este era, sin duda, uno de los favoritos de la Naviera Pinillos, Izquierdo y Compañía, y que para más detalles, había sido bendecido con el nombre de la Virgen de Valbanera, de la cual los Pinillos eran muy devotos. Una gracia, sin embargo, que según la imaginería popular, nada pudo hacer contra la fatalidad que ya desde sus comienzos se le había augurado al advertir que el nombre de la virgen aparecía mal escrito en su casco, cuando, por descuido, se cambió la segunda “v” por una “b”.

Superstición aparte no dejaba de ser un buen buque y nada podía presagiar la tragedia que se le venía encima, toda vez que su estructura, en los 13 años de su existencia, no había sufrido avería de importancia alguna que lo pudiera conjeturar.

Había sido construido en 1906 en los astilleros C Connell & Co, de Glasgow, Escocia, para los Pinillos, era un buque de casco de acero de 121,9 metros de eslora, 14,6 de manga y 6,5 de calado. Registraba 5.099 toneladas y desplazaba 12.500. Su velocidad máxima era de 12 nudos. Podía transportar más de 1.200 pasajeros. De hecho, cuando zarpó del último puerto antes de cruzar el Atlántico, llevaba a bordo 1.230 personas, 1.142 pasajeros, la mayor parte de ellos emigrantes españoles con destino a Cuba y 88 tripulantes.

Último viaje

En este último viaje zarpó de Barcelona el 10 de agosto de 1919, para tomar rumbo a América con escalas en Cádiz, Las Palmas, Santa Cruz de Tenerife, Santa Cruz de La Palma, San Juan, La Habana, Galveston y Nueva Orleans.

A la salida del puerto de Santa Cruz de La Palma tuvo lugar un episodio que sería asumido por los marineros como un mal augurio: durante una maniobra brusca que se produce, accidentalmente se provoca que el barco pierda una de sus anclas. Lamentablemente, este no sería el único oscuro vaticinio. Se dice que su capitán, Ramón Martín Cordero, de 34 años y con ocho de servicio en la Compañía, había enviado desde La Palma una carta a su esposa, diciéndole que en el caso

de no perder la vida en este primer viaje, a la vuelta tendría el placer de que su hija le tirase de la americana” . Tal y como la mujer declaró a la prensa, “no parece sino que mi marido tenía el presentimiento de una desgracia.

Ramón Martín Cordero

Ramón Martín Cordero

Pero aún hay más. Una niña vecina de Las Palmas, de apenas cinco años, nombrada Ana Pérez Zumalave, antes de abordar, llorosa suplicaba:

Yo no me embarco ahí. Ese vapor se va a pique

Era tanta su insistencia —dicen— que la madre llegó a regañarla, pero ya en el muelle la pequeña repitió sin consuelo:

Mamá va contenta, pero yo no, el barco se hunde

José María López, un español, nacido en La Mancha, Albacete, el 19 de marzo de 1904 y que durante muchos años residió en el municipio tunero de Manatí, y que fuera de los pasajeros que viajaron en el postrer viaje del Valbanera, contó en 1994:

Monté junto a mi familia en Cádiz. Viajábamos de regreso a Cuba mis padres, cinco hermanos míos y yo, que había estado en mi país de origen durante un año. Aguardamos diez días por el barco, más otros 17 de travesía sobre el Atlántico. Nos aburrimos como ostras en medio del mar hasta que llegamos a San Juan, Puerto Rico. Recuerdo que en el muelle donde atracamos nos entreteníamos lanzando monedas al agua para que los chicos de por allí las bucearan. Uno de ellos abordó la nave y viajó con nosotros de polizón

Luego de su estancia boricua, el Valbanera se hizo de nuevo a la mar y el 5 de septiembre tiró anclas en el bello puerto de Santiago de Cuba.

Cartel

Masivo desembarco en Santiago de Cuba

En este lugar ocurrió otro de los enigmas que rodean el naufragio del Valbanera, pues, a pesar de que la mayor parte de sus 1.142 pasajeros había sacado billete hasta La Habana, inexplicablemente 742 de ellos desembarcaron en la hospitalaria ciudad oriental cubana, imprevisto cambio de planes, en un momento en el que no se tenían referencias del ciclón ni nada que hiciera predecir su trágico destino.

Dicha determinación, que muy bien podría ser una simple coincidencia, abriría, no obstante, otro jeroglífico para el futuro pero en el presente de entonces les salvó la vida a quienes descendieron en el puerto santiaguero y no llegaron a La Habana como acaso en un inicio pensaron hacerlo. Hay razones que hacen suponer que dicha providencia no fue obra del azar ni cosa parecida.

En esos años estaba en pleno auge el salto azucarero en el oriente de la isla. Lo que conllevó también a un auge económico de numerosos poblados y ciudades vinculados directa o indirectamente a estas zonas azucareras. Es muy posible que la noticia de la posibilidad de encontrar trabajo en esos lugares se extendiera entre los pasajeros. Con el don mágico que tienen los cubanos de exagerarlo todo, la información debió de llegar sobredimensionada a los oídos de estos pobres emigrantes de manera que muchos decidieran desembarcar en Santiago de Cuba, y no en La Habana, como tenían previsto.

Varios de los pasajeros alegaron que sus lugares de destino quedaban más cerca de Santiago que de la capital de la Isla y eso les salvó la vida. Sobre este particular contó José María, (quien tenía a la sazón 15 años de edad)

Cuando llegamos a Santiago, un paisano que venía en el barco como sobrecargo nos recomendó que bajáramos a tierra y nos fuéramos por ferrocarril hasta Las Villas, donde residíamos por entonces. Nos aseguró que así ganaríamos tiempo, pues llegaríamos a casa cuando el Valbanera aún no habría entrado a La Habana. Aceptamos su recomendación y, en efecto, realizamos un viaje magnífico en tren hasta Santa Clara.

El propio 5 de septiembre el vapor español desatracó del muelle y enfiló la proa hacia la capital de Cuba con 488 personas a bordo. Desde la Punta de Maisí fue avistado el buque por penúltima vez, navegando a toda máquina en un mar extrañamente en calma y, como telón de fondo, un cielo que comenzaba a llenarse de amenazadoras nubes.

Viaje a La Habana y la desaparición

Todo comenzó en las primeras horas del 9 de septiembre de 1919, cuando un ciclón, el llamado ciclón del Valbanera, luego de barrer la costa norte de la Isla ocasionaba un ras de mar a la altura de la capital. Como escribió el especialista español de siniestros marítimos Fernando García Echegoyen,

los negros nubarrones que descargaban sin descanso trombas de agua sobre la ciudad hacían que los capitanes de los buques atracados en los muelles sintiesen una punzada de inquietud, dudando si sus vapores se encontraban al abrigo de un puerto o si acabarían varados sobre el paramento de los muelles

En la noche del 9 de septiembre, algunos marineros de buques atracados en el puerto habanero escucharon entre los rugidos del viento el desesperado aullido de la sirena de un vapor que frente al Castillo del Morro, hace insistentes señales en Morse pidiendo práctico.

Los marinos contaron después que llegaron a distinguir las luces de un vapor que capeaba el temporal frente a la entrada de la bahía mientras hacía insistentes señales en Morse con una lámpara. Desde la Capitanía del puerto le comunicaron por esa misma vía que, por las peligrosas condiciones del tiempo, era imposible enviarle un práctico, y que por esas razones desde el atardecer el puerto había sido cerrado.

Ante la respuesta negativa a su demanda, el capitán del desconocido barco que se supone fuera el Valbanera, entendió perfectamente el mensaje e informó a su vez que intentaría capear el huracán mar afuera o en una rada de la Florida. El buque viró lentamente y se alejó rumbo norte entre las crestas de las gigantescas y enfurecidas olas que se arrojan contra los despeñaderos. No sospechaba el marino que el huracán llevaba la misma dirección que el barco En pocos minutos sus luces se perdieron entre la lluvia y las cortinas de agua salada sin que se le volviera a ver.

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No hay ninguna seguridad pero se supone muy seriamente que dicho barco no era otro que el Valbanera. Al parecer el capitán no fue advertido a tiempo sobre el peligroso huracán a causa de lo rudimentario de las predicciones meteorológicas de entonces y lo limitado de las comunicaciones.

Tal circunstancia, como es de esperar, dará lugar a uno de los más comentados enigmas en torno al naufragio, sobre el que, lamentablemente, no se realizó en su día investigación oficial alguna ni se ofreció una información precisa sobre los sobrevivientes, lo cual, acentuó el misterio sobre el infortunado buque. En el desastre perecieron y quedaron sepultados para siempre en las turbulentas aguas del Caribe, 488 personas entre tripulantes y pasajeros, en su mayoría canarios que emigraban a La Habana. Sus cadáveres nunca fueron encontrados.

La magnitud de la tragedia y todas las circunstancia que rodearon al hecho, como era de esperar, dio lugar a uno de los más comentados enigmas en torno al naufragio, sobre el que, lamentablemente, no se realizó en su día investigación oficial alguna ni se ofreció una información precisa sobre los sobrevivientes, lo cual, acentuó el misterio sobre el infortunado buque.

El descubrimiento de los restos

Transcurridos diez días de intensas búsquedas, el 19 de septiembre de 1919 el barco fue descubierto por el guardacostas estadounidense US SC 203 a 12 metros de profundidad en un bajo arenoso en Half Moon Shoal (Bajos de la Media Luna), a unas 5 millas al este del Faro de Rebeca Shoal y a 45 millas al oeste de Cayo Hueso.

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Se conjetura que la fuerte tormenta le causó la rotura del timón y las máquinas, por lo que quedó sin gobierno, y la falta de una llamada de auxilio se debió a que los vientos le arrancaron la antena telegráfica.

Se asegura en el diario de navegación del referido guardacostas estadounidense, que:

los pescantes indican que no se hizo ningún esfuerzo para arriar los botes salvavidas

La tragedia del Valbanera fue una de las más grandes de las emigraciones españolas, historia llena de supersticiones y de misterios, algunos todavía no desentrañados, pues incluso, Los restos del Valbanera aún pueden ser vistos cuando baja la marea en el extremo oriental de los cayos de la Florida.

Ruta del Naufragio
Secuelas en tierra

En muchos pueblos de España y de Cuba repicaron las campanas de las iglesias en memoria de los fallecidos en el triste suceso.

Muchas son las tristes memorias sobre este siniestro, pero ninguna como la del hombre que casi todos los días, durante 30 años preguntaba en el puerto de La Habana si se tenían noticias del Valbanera. Había desembarcado —se decía— en Santiago de Cuba con uno de sus hijos pequeños dispuesto a hacer el viaje por tierra hasta La Habana para estar alojado aquí cuando el resto de su familia llegara a la capital en el buque. El 9 de septiembre de 1919 el sujeto perdió la razón.

http://www.ecured.cu/index.php/Tragedia_del_Valbanera

 

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